¿Y si somos demasiados?

En el momento en el que escribo esto tengo 26 años, algo más de un cuarto de siglo. Cuando nací apenas había 5.000 millones de personas en el planeta, y actualmente ya sobrepasamos los 7.250 millones.

Es decir, más de 2.000 millones de humanos en 26 años, y si la tendencia se mantuviese y la edad media siguiese aumentando, podría morir en un mundo con el doble de habitantes en el que nací. Estamos ya lejos de la catástrofe malthusiana que debía cernirse sobre nosotros en 1880, pero esto no implica que el aumento poblacional no suponga ningún peligro. La mejora que hemos experimentado se ha producido, en parte, por el uso y la dependencia de recursos no renovables que en algún momento se acabarán y para los que no tenemos sustitutos.

Incluso elementos tan básicos como el la calidad del aire o la producción de alimento se ven comprometidas a largo plazo por los derivados de estas actividades, y cuanto mayor sea la población mundial, más graves serán estos problemas y más grave su solución.

Por lo tanto, ¿no somos demasiados?

La respuesta se hace evidente: si buscamos una supervivencia en unas condiciones similares a las que hemos tenido hasta ahora, sí, sí lo somos. Incluso si conseguimos reducir nuestro impacto enormemente, posiblemente aún seríamos demasiados. Sin embargo no hay una solución clara.

Obviamente deberían enfrentarse problemas más graves como la contaminación y producción de residuos per cápita: no sirve de nada reducir la población si en algunos países estamos produciendo más de 2 kilos y medio de basura por persona al día.

Tampoco sirve de nada si no empezamos a tomarnos el reciclaje en serio como algo obligatorio y sencillo, y se reconoce como la actividad económica que es y se premia al ciudadano por llevarla a cabo. Si no se busca aumentar la eficiencia energética de los edificios, iluminación y electrodomésticos, si no se fomenta el teletrabajo y el transporte no motorizado. No tiene sentido hablar de población si no fomentamos la autoproducción de energía limpia y la autogestión de huertos en ciudades y zonas residenciales para limitar su dependencia de zonas agrícolas.

No tiene sentido hablar de población cuando gran parte de las ideas que podrían revolucionar el mundo están encerradas en el cerebro de personas sin acceso a la educación, a saneamiento, a agua potable. Si no somos capaces de filtrar el agua que utilizamos, de deforestar para poder seguir cultivando ganado y de frenar alternativas a los combustibles fósiles.

¿De que sirve que fuésemos 10 veces menos si los que quedamos cambiamos de móvil cada 6 meses y de interior de armario cada año?

Parece que fuese una propiedad humana consumir lo justo para estar al borde del colapso, si significa que 10 veces menos personas consuman 10 veces más recursos, estoy seguro de que podríamos lograrlo, así de cracks somos.

Por lo tanto, ¿no somos demasiados?

Visto lo visto, parece que ese es un problema secundario. Dicho de otra forma, no parece haber métodos para reducir drásticamente la poblacióon en un corto plazo de tiempo -sin entrar en pandemias bíblicas o guerras apocalípticas, que harían más mal que bien-, pero tampoco es un asunto prioritario: hay otras cosas antes en la lista.

Y tal como lo veo, hay dos opciones: O bien el ser humano consigue crear un sistema sostenible en las próximas décadas o nos da igual la población. Si el hecho de consumir hasta el límite de sus posibilidades es inherente al ser humano, ¿entonces qué más nos da cuántos seamos? No va a haber grandes cambios en el resultado.

Sin embargo, si lo consiguiésemos y pudiésemos atajar -o encarrilar, al menos- los problemas previamente mencionados, entonces sí estaríamos en situación de encargarnos del aumento de población. ¿Y entonces qué haríamos? ¿Infanticidio, esterilización forzosa de segmentos de la población, limitar el número de hijos?

En general todas estas soluciones pueden encontrar una fuerte oposición fundamentada en motivos morales, éticos, religiosos y referentes a la libertad individual. Y no les faltaría razón.

Sin embargo, quizás la respuesta esté en la evolución demográfica de los países desarrollados. Factores como el poder de decisión de la mujer, el grado de bienestar de la sociedad o la inversión que supone un hijo suelen ser factores que afectan drásticamente a la natalidad. Por ejemplo, algunas previsiones apuntan a que a finales de siglo Japón podría rondar los 50 millones de habitantes, desde los más de 125 actuales.

Es más, se ha demostrado que incluso las políticas para intentar aumentar la natalidad son ineficaces cuando la sociedad ha llegado a un punto determinado. China, donde tras abolir la ley de un hijo por pareja las autoridades están fallando al intentar aumentar la natalidad, es un gran ejemplo de ello.

Las predicciones varían: ¿nos estabilizaremos en 9 mil millones o en 11 mil? ¿O alcanzaremos los 36 mil millones de almas que ponen las Naciones Unidas como el peor escenario posible?

No hay una respuesta sencilla: dependerá del ritmo de avance de los países en vías de desarrollo y lo que tarden en alcanzar unos mayores estándares de vida y mayores derechos para sus mujeres. Asimismo, también tendrán un rol importante los avances médicos y tecnológicos que aumenten la esperanza de vida. Sin embargo, ¿quién puede predecir el efecto en la natalidad que tendría una sociedad que vive hasta los 150 años o de forma indefinida? Quizás la paternidad como concepto dejaría de tener sentido.

O quizás debamos adoptar la solución propuesta en la triología de marte de Kim Stanley Robinson: Que cada ser humano tenga derecho a 0,75 hijos, de forma que una pareja tiene derecho a un niño y medio. Esa mitad se puede vender sometida a las leyes de la oferta y demanda entre particulares, o si se desea tener más hijos, comprar una mitad para tener el segundo. Con muchos contras, pero desde luego interesante, ¿no?

  • Interesante articulo,pero considero que a los gobiernos,a los millonarios a lo codiciosos estos datos no les interesan…

    • Buenas! Gracias por tus comentarios!

      En realidad no quería centrar la discusión en los millonarios codiciosos, gobiernos o políticos -que también-, creo que es algo crónico de un sistema basado en el consumo. Quizás, incluso, una parte natural de la naturaleza humana.