¿Por qué no nos comemos a los muertos?

¿Qué pasa con Hannibal Lecter? ¿Cuál es el problema de Leatherface para vestirse y comerse a sus víctimas? ¿Qué coño le pasa por la cabeza a Patrick Bateman cuando se come a la peña?

Si nos basásemos en el estudio de la ficción de producimos, pareciera que el canibalismo es una práctica repudiada pero que al mismo tiempo resulta una constante a lo largo de la historia humana. Es uno de esos crímenes que nos causan al mismo tiempo atracción y repulsa. ¿Cómo puede alguien devorar a un semejante? ¿Acaso no es alguien así la mismísima representación del mal?

Es por eso que el canibalismo añade una capa adicional de irracionalidad al personaje, lo convierten en algo totalmente ajeno a nuestra cultura, valores y forma de ver el mundo. Un zombie no daría tanto miedo si su objetivo fuese matarte. Pero quieren matarte y comerte, no siempre en ese orden, y eso da un miedo que te cagas.

Menos mal que en el mundo real esas cosas no pasan, ¿verdad?

Bueno, eso es una verdad a medias. Empecemos por el principio.

Si nos fijamos en distintas representaciones del canibalismo, no nos es ajena la de la tribu africana con huesos atravesados en la nariz como decoración cociendo a un aventurero con salacot y todo en una olla de tamaño humano.

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De hecho, si eliminamos el factor de exageración y sesgo cultural, las historias de tribus caníbales no son infrecuentes. Tribus de nativos amazónicos, pigmeos, poblaciones a lo largo del río congo y las tribus Korowai y Fore de Nueva Guinea, junto con parte de las civilizaciones americanas precolombinas son alguno de los ejemplos más conocidos de esta práctica a lo largo de la historia.

Obviamente lo más sencillo es deducir que son tribus en las que algo había ido mal en algún momento, se habían despojado de cualquier tipo de humanidad y habían entrado en una irreparable espiral de depravación. Porque el canibalismo es malo y cualquier persona que lo practique obviamente es mala.

Pero resulta que si hacemos caso al materialismo antropológico, esta afirmación no parece tan cierta. ¿Por dónde empezamos?

Si vemos el consumo de carne humana desde una perspectiva puramente práctica, podríamos ver que todos los días desaprovechamos millones de kilos de carne en perfecto estado mientras seguimos esforzándonos y agotando recursos naturales para producirla en forma de ganado. Asimismo, en sus estudio en “Bueno para comer” Marvin Harris asegura que la carne humana contiene más proteínas y de mejor calidad que ningún otro alimento disponible, lo cual tendría sentido, ya que estamos consumiendo aminoácidos que ya han sido convertidos en tejidos que podemos aprovechar.

Dicho esto y, de nuevo, intentando buscar un enfoque totalmente práctico, viendo que hay culturas que sí ven el consumo de sus muertos o enemigos como algo normal: ¿por qué otras no lo hacen, cuando parecería una solución más lógica? ¿Acaso no demuestra que realmente de alguna forma somos mejores que ellos?

Tampoco del todo.

El materialismo antropológico busca explicaciones materiales a las estructuras sociales y culturales de los seres humanos. Por ejemplo, si todos los edificios de una ciudad están hechos de un tipo de piedra blanca específico, es interesante saber que se debe a que la deidad del lugar es una diosa que se asocia con el blanco, lo cual favoreció que los vecinos utilizasen piedra de ese color para todas sus construcciones. Es aún más interesante saber, y es en lo que se enfoca el materialismo antropológico, que la ciudad está encima de una cantera de piedra de ese color y que es el único tipo de piedra disponible en 100km a la redonda. De esta forma, es más probable que esta limitación haya condicionado su cultura y arquitectura, que no al revés.

Planteado de esta forma, vemos que en la mayoría de los casos el canibalismo se practica en sociedades donde no tienen suficiente acceso a proteínas de otras fuentes. Es decir, si hay formas cómodas de conseguir alimentos ricos en proteínas los muertos tienden a respetarse, mientras que cuando no las hay vienen a ser un manjar. Es especialmente interesante el estudio de los sacrificios rituales en el imperio azteca y los enormes banquetes que se daban, llegando a sacrificar a miles de personas para cocinarlas y devorarlas después.

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¿Pero y las enfermedades? La enfermedad más conocida relacionada con el canibalismo es el Kuru, un tipo de encefalopatía espongiforme que se produjo entre algunos habitantes de Nueva Guinea entre cuyos ritos funerarios se incluía el consumo del cerebro de los difuntos. Aparentemente el alto contenido en priones del cerebro era el causante de la enfermedad, pero todas las fuentes que he consultado afirman que hay bastante controversia en torno al origen de la naturaleza infecciosa del Kuru. En definitiva, parece que evitando el cerebro podríamos ahorrarnos la mayoría de molestias asociadas al canibalismo.

Osea, que por lo que sabemos hasta ahora las sociedades que han practicado canibalismo lo han hecho en condiciones que podríamos comparar (salvando una larga distancia) con las que vivieron los supervivientes del vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya y que tuvieron que comer a parte de sus muertos para sobrevivir. Pero eso no explica por qué, entonces, los estratos más vulnerables de las sociedades posteriores no han recurrido a la antropofagia como forma de supervivencia, cuando se encuentran en situaciones similares.

En este caso vemos una relación entre el fin del canibalismo con el comienzo de la agricultura y ganadería. Obviamente cuanto más sencillo es conseguir alimento, menos necesidad hay de consumir personas, pero también hay una vertiente más oscura. Cuando la comida generada por persona aumenta tanto que permite la generación de excedente, el mayor rendimiento posible de un ser humano deja de ser su carne para ser el esfuerzo de su trabajo. Es decir, si puedes producir más comida (especialmente comida rica en proteínas) con tu trabajo, ¿por qué iba a comerte?

De esta forma se crea un tabú en torno al consumo de carne humana: si se gana una guerra los supervivientes son más útiles como esclavos que como comida, y por tanto debe desincentivarse y castigarse el canibalismo, de forma que quede erradicado. De hecho todas las religiones organizadas prohíben el canibalismo, aunque el cristianismo tenga un je ne se qua con eso de comerse el cuerpo de cristo en la eucaristía, que cumple parte de su función de mantener a la clase dirigente en el poder mediante el mantenimiento del orden social.

Entonces, ¿estamos diciendo que los caníbales no son malos sino que el único motivo de que no lo seamos nosotros es que nuestros antepasados eran más cabrones aún y prohibieron el canibalismo para esclavizar a la gente mejor?

Pues sí y no.

Parece comprensible que una cultura de un tratamiento especial al resto de un fallecido, al fin y al cabo el enterramiento ritual es otra constante que no podemos ignorar, y por otra parte la mayoría de culturas dejan de lado el canibalismo en un momento previo a la generación de excedente y creación de estratos sociales, así que simplificarlo a un problema de esclavitud sería exagerado.

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Sin embargo, también es verdad que debemos saber ver más allá de nuestra cultura y sesgos a costumbres que nos resultan repugnantes. Sociedades humanas han vuelto la vista al canibalismo cuando la situación ha sido desesperada (Rusia en 1921 y la segunda guerra mundial), China en el s. XIII, y posiblemente si no ocurre a día de hoy en los estratos más pobres del mundo se deba a un tabú social cuyo origen tiene una explicación mucho más práctica que la que pensamos. Como todo en el ser humano.