Internet no olvida. ¿Y tú?

Este no es un post sobre Guillermo Zapata, el concejal de cultura que publicó unos chistes de mal gusto en su cuenta de Twitter en el 2011 por los que se pide su dimisión.

Este post va de algo totalmente distinto.

En el 2013 escribí una crítica sobre la película “La cuarta fase”. En ella hacía un comentario desafortunado y machista sobre la protagonista de la cinta, Milla Jovovich. El post pasó sin pena ni gloria y, tiempo después, la gente empezó a comentarlo. Entre las críticas sobre la innegable realidad de una invasión OVNI y las profecías Mayas, había personas que me recriminaban el tono machista de dicha frase.

Cuando volví a leerlo no reconocí algo escrito por mí. Siempre me he considerado feminista, o al menos alineado con gran parte de las visiones feministas, y sin embargo, ahí estaba una frase de mierda por la que recibía críticas constantes. Al principio no la borré, me parecía que era un error que había cometido, tenía que asumirlo, y me tocaba asumir la culpa. Pero cuando años después de escribir el post me seguían llegando críticas, decidí editar la frase y pasar página.

Pude hacerlo porque tengo la suerte de no ser lo suficiente importante como para que se juzgue cada palabra que digo o que se tomasen pantallazos. Ahora que estoy estudiando, entre otras cosas, teoría feminista: ¿me invalidaría ese comentario para enseñarla si así quisiera? Y si es así, ¿durante cuántos tiempo? ¿Durante 5 años, 10, 20? ¿Toda mi vida? Si ese día estaba enfadado, enfermo o no me encontraba en plena facultad

Pues deja Twitter, anormal

Dejar las redes sociales y desaparecer parece la opción más obvia. Pero quizás ya no es una opción.

En una era en la que se exige que el trabajador tenga una marca personal, en la que un comité de recursos humanos te puede considerar un inadaptado social si no tienes Facebook y en la que tener un número de seguidores determinado en Twitter o Instagram puede garantizarte, desde entradas a un evento a una oferta de trabajo, parece que estamos condenados a estar permanentemente comunicando.

Capital social, que diría Bordieu. Capital social digital, matizaría: no tan determinante como nacer en una buena familia, no tan material y específico como el dinero. En un punto intermedio, cuantificable pero difuso. Siempre escurriéndose entre nuestros dedos. Un capital líquido.

Y así, si las generaciones que llegan -llegamos-, que hemos aprendido más vocabulario de una máquina que de nuestros padres, que nos comunicamos más a lo largo del día por email, redes sociales y mensajes instantáneos que cara a cara. Nosotros que nos hemos comido la crisis y vemos la salida del túnel al final de un tuit, de repente nos damos cuenta de que el ser humano es imperfecto, y a veces, la caga.

Olvídate de mí -pero si no, perdóname-.

Olvidar no está en el ADN de un medio digital. Da igual que Google te borre de su base de datos o de sus resultados, la página va a seguir ahí. Da igual que todos los medios del mundo declaren las fotos de Jennifer Lawrence desnuda ilegales, guárdalas en un USB y podrás enviarlas a millones de personas cuando quieras. Internet no olvida. La única garantía del anonimato es la irrelevancia.

No estés presente, no seas nada para nadie, y nadie tomará pantallazos de tus tuits ni les hará caso.

Jonathan Zittrain propone el concepto de reputation bankruptcy, pero no parece realista a nivel técnico. Paul Ohm propone que sea ilegal basarse en datos de social media para contratar o ignorar un empleado, ¿pero puede una ley así ser implementada de forma efectiva? Compañías como ReputationDefender que basan su modelo de negocio en jugar con los algoritmos y un equipo de profesionales para gestionar tu marca. Pero necesitas tener dinero para, básicamente, externalizar tu presencia en Internet.

Obviamente el bajo grado de alfabetización digital es un problema, pero incluso quien está en este mundillo sabe que, hablando en plata, si puedes equivocarte te vas a equivocar.

Está la posibilidad de ser completamente aséptico, no dar tu opinión personal, no mojarte, ser completamente neutral y profesional. ¿Pero no está traicionando esa forma de interpretar las redes sociales el mismo concepto de comunicación?

Es más, adherirte a esa interpretación de comunicar sin dar nada de ti, sin poner nada de ti mismo en ellas, ¿no te convierte en un pelele? ¿En un puto hipócrita?

En definitiva, quizás, puesto que Internet no olvida, los demás deberíamos empezar a perdonar. O a aprender a interpretar lo que una persona ha dicho dentro de un contexto y un tiempo determinados. O a ser más moderados con lo que opinamos: se puede criticar y estar en desacuerdo sin linchar.

Y si no podemos, quizás sea el momento de aceptar que las redes sociales nos han traído un modelo de comunicación más hueco, falso e hipócrita. Menos indulgente.

Y ojo, este post no trata de Guillermo Zapata, pero me da rabia que haya que tenido que venir un político con el que simpatizo para llegar a esta conclusión.

  • Daniel Ezquerro

    A mi me parece que es un poco extremista juzgar a alguien de esta manera por unos tuits de hace 4 años, en ese momento no tenia ninguna responsabilidad ética ni moral más allá de con él mismo.

    Con respecto al tema principal de tu post, todo el mundo tiene derecho a poner lo que le salga de los huevos en una red social siempre que respetes las normas de esa red social, pero claro, también tiene derecho todo el mundo para juzgar lo que pones, así que lo mejor es que como en la comunicación de toda la vida no digas nada que luego se pueda volver en tu contra ¿no?

    Abrazos Brunette!!

    • Qué pasa Dani!

      A ver, el problema es que si en la vida real dices una gilipollez, se olvida, o no llega a mayores. No se descontextualiza porque siempre está en contexto.

      Si nos vamos de borrachera y uno de los dos dice una barbaridad, lo entendemos como lo que es. Si eso pasa en Twitter, puede marcarte de por vida. Me da rabia porque lo que implica es que al final, Twitter es un canal que no admite espontaneidad, especialmente en temas polémicos. Y los temas polémicos suelen ser los más importantes.

      • Daniel Ezquerro

        Debería haber un opción en Twitter para meter contexto, como en Facebook, que en lugar de “Feeling happy” fuese “Feeling drunk and pissed off”

  • En mi opinión, el problema de raíz es que la inmediatez de las redes sociales y la saturación de los medios digitales exigen una brevedad que implica una aceptación hacia la posibilidad de ser objeto de demagogia ante una situación totalmente descontextualizada.

    Es lo que el refranero español recoge bajo la frase “una vez atropellé a un gato y ahora me llaman el matagatos”.

    A todo esto, Bruno, qué genial que hayas vuelto a escribir.